La transición a la democracia es un escenario posible, no una certeza
Por Ysrrael Camero*.
Pueden abrirse varios escenarios para Venezuela: el primero es la continuidad autoritaria bajo un tutelaje de Estados Unidos, a lo que pueden apostar los sectores chavistas que siguen gobernando (1); el segundo es la creación de una forma abierta de Protectorado de Estados Unidos sin representatividad, lo que puede derivar de una nueva intervención derivada del fracaso del esquema actual (2); el tercero es el deslizamiento hacia el caos con la pérdida del control del orden público y feudalización del poder, en la medida en que las facciones toman el control de manera separada (3); y un cuarto escenario es un tránsito ordenado a la democracia (4).

Entonces, aunque no estamos aún en una transición a la democracia, hay una ventana de oportunidad para que esto resulte posible. Las fracturas dentro del bloque de poder se intuyen pero no se expresan en la realidad. El sinuoso discurso de Delcy Rodríguez, exigiendo el retorno de Maduro al tiempo que facilita la “normalización” de las relaciones con Estados Unidos, genera un cortocircuito con toda la narrativa “antiimperialista” a la que nos acostumbró el chavismo. Esta disonancia cognoscitiva, ese colapso del relato, de la narrativa, ejerce un efecto corrosivo en las lealtades internas, que pasan a depender cada vez más de relaciones clientelares y prácticas transaccionales. En la medida que se avance en las reformas institucionales se incrementa el riesgo de que el nuevo orden ponga en cuestión los negocios de determinadas facciones. El control del PSUV sobre el país se debilita. Esto puede incrementar las probabilidades de que se exprese una fractura interna. Sin una fractura interna es muy difícil que se genere un cambio en el régimen en el sentido democrático.
Pero la posibilidad de que avancemos no sólo depende de lo que acontezca con el bloque de poder. Es imprescindible la expresión de un movimiento nacional que presione para que los cambios se dirijan hacia la democracia. El mapa de la oposición venezolana es complejo y está lleno de matices que sólo pueden ser útiles a efectos de impulsar una democratización si son capaces de coordinarse internamente y articularse con la lucha social. A pesar del discurso dominante tenemos varias oposiciones. Tenemos opositores exiliados por el mundo, presos o lanzados a la clandestinidad dentro del país, así como opositores que pelean desde las instituciones.
Hay un sector de la oposición que se encuentra mayoritariamente fuera de Venezuela, exiliados por todo el mundo, muchos de los cuales han venido presionando por el incremento de las sanciones y de la presión externa contra el régimen. Negados a establecer cualquier negociación con el régimen venezolano, expresan desprecio por otros actores de la oposición. Estos sectores tienen dificultades para incidir internamente y no tienen presencia en las instituciones encargadas de tomar las decisiones actuales. El eje de su acción exterior parece enfocado en alinearse con Trump para conseguir alguna incidencia en Venezuela. Dentro de Venezuela hay una oposición que actúa con grandes dificultades, con dirigentes que han sido reprimidos y perseguidos, cuyos partidos han sido secuestrados y judicializados.
Henrique Capriles y Stalin González forman parte de la fracción opositora que hace vida en la Asamblea Nacional
También, en la Asamblea Nacional que se instaló el 5 de enero de 2026 hace vida una pequeña fracción de la oposición, aquellos que decidieron defender los espacios político institucionales participando en las elecciones en las peores condiciones posibles. Estos diputados adquieren una creciente relevancia a efectos de influir e impactar en la nueva arquitectura institucional y legal, así como en el establecimiento de puentes que hagan posible que el cambio derive hacia una democratización. Son los diputados que salvaron su voto ante la reforma de la Ley de Hidrocarburos y participan en el debate de la Ley de Amnistía, que funcionan como puente con otros actores de la sociedad civil para incrementar su incidencia en los cambios legales e institucionales.
Ninguno de estos sectores puede, por sí solo, recuperar la capacidad de agencia autónoma de la oposición política para ser un decisor capaz de impactar sobre el funcionamiento del poder. Acá es donde se hace imprescindible la coordinación interna, la articulación de la política con una agenda de lucha social que tiende a reaparecer desde el momento que se levanta el manto de miedo que aplasta a los venezolanos fruto del régimen autoritario. Esta articulación y coordinación interna solo puede existir si se establecen canales de comunicación para actuar en la misma dirección, dejando atrás la retórica de la demonización del contrario dentro de la misma oposición.
El movimiento estudiantil movilizado el Día de la Juventud por la libertad de los presos políticos
Acá hemos de incorporar otro factor necesario para democratizar al país: la movilización no violenta. En política la expectativa de cambio genera cambios, en la medida que una mutación en las perspectivas de futuro transforma la manera en que la gente actúa públicamente. La ventana de oportunidad que se ha abierto para la democracia generó cambios actitudinales crecientes en la población, reactivando multitud de agendas sociales y política que yacían aplastadas o postergadas por el miedo que produjo la represión. La voluntad de cambio es mayoritaria en la población, con lo que la articulación entre las agendas sociales y la agenda de cambio hacia la democracia es más probable. Allí hay una oportunidad para la reactivación y reconstrucción de las redes organizativas que le dan vida a la cultura democrática, para la movilización interna pacífica que impacte en el funcionamiento del poder.
La reactivación de una dinámica democratizadora en la sociedad, de una presión por la restitución de la democracia, de las libertades públicas, de la vigencia de la Constitución, ha de impactar sobre el funcionamiento del poder, sobre la relación que se establece entre gobernantes y gobernados, entre el Estado y la sociedad, que obligue a devolverle la soberanía usurpada al pueblo venezolano. En ese espacio de confrontación cívica se deben aprovechar los espacios de diálogo, de negociación, para evitar que la violencia domine o que veamos un retorno al deslizamiento autoritario.
Independencia, República y Democracia: una continuidad
La agenda es compleja, y la transición a la democracia no es una empresa lineal. Es necesario entrar en una liberalización de la vida política y social, lo que pasa no sólo por la liberación plena de todos los presos políticos, sino también por la derogación de toda la legislación que se ha convertido en argumento para la persecución, la censura y la opresión. Debe facilitarse el retorno de todos los exiliados, eliminando toda la persecución que los desterró. Debe ponerse fin a la represión y a la tortura, eliminando todos los centros de violación de los Derechos Humanos que se extienden por todo el territorio nacional.
Debe desaparecer toda la atmósfera de miedo que se impuso por decisión de un poder despótico y tiránico. Que se restablezcan todas las garantías para el ejercicio pleno de las libertades, empezando por la libertad de expresión. Quienes hayan sido responsables de violación de los Derechos Humanos deben ser desplazados del poder. Una Ley de Amnistía es un paso en la dirección correcta para restablecer la convivencia democrática en una sociedad pluralista, pero quedan muchos pasos por delante. Se necesita avanzar en términos de una justicia transicional mucho más extensa y profunda.
La reinstitucionalización de los poderes públicos en Venezuela es también una necesidad ineludible, volviendo finalmente a los cauces de la Constitución, designando nuevas autoridades en el Consejo Nacional Electoral, para abrir paso a la restauración efectiva de la soberanía popular violentada por el régimen autoritario. Que el pueblo venezolano vuelva a tener el pleno control de su destino pasa por restituir el poder del voto, que debe desembocar en la realización de unas elecciones libres, justas y competitivas, en el marco de un Estado de Derecho, preservando la convivencia pluralista.
No es un proceso automático o instantáneo, los tiempos no están determinados de antemano, pero es un camino que no se genera de manera orgánica, por generación espontánea, sino que es fruto de una lucha colectiva compleja, donde se generan múltiples espacios para el diálogo social, para la recuperación de una deliberación cívica que reconozca el carácter plural de nuestra sociedad, donde muchas negociaciones serán necesarias, donde los disensos se desarrollarán en el marco de nuevos grandes consensos.
Hay varias amenazas que se ciernen sobre este posible proceso.
La lucha de facciones dentro del chavismo puede desembocar en un giro hacia la profundización autoritaria, bloqueando la liberalización. Al ser un proceso tutelado por Estados Unidos las prioridades están fijadas desde afuera, el bloqueo de los cambios impuestos o cualquier sensación de caos, podrían servir como excusa para que el gobierno estadounidense decide mandar directamente en el territorio, prescindiendo de capataces incapaces.
Es acá donde se incorpora un reto insoslayable, la conquista colectiva de la democracia pasa por renacionalizar la lucha política en Venezuela. El centro de decisión tiene que volver a la mano de los venezolanos. No podemos depender de otros decisores. Darle continuidad a nuestro proyecto republicano, a la reconstrucción y profundización de la ciudadanía democrática, conecta la necesidad de rescatar nuestra soberanía nacional y nuestra soberanía popular. Independencia, República y Democracia se conectan en un empeño colectivo, ese es el eje vertebrador de la política actual, que debe hacer posible la convivencia plural en libertad, que no es más que la ausencia de dominación ilegítima y la efectiva autodeterminación, tener el control sobre nuestro destino. Si queremos República, si queremos Democracia, es un imperativo salir de cualquier tutelaje externo. Doscientos años después, la lucha por nuestra Independencia vuelve a estar en la agenda de nuestra condición de ciudadanos.
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* El presente artículo es un extrato del artículo “Venezuela 2026: tutelaje, autoritarismo o democratización”, publicado en la web del autor Devenires & Pensares.
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