Transiciones II: La huella indeleble
Por Héctor Briceño.
Serie: Transiciones
Robert: Say… Billy. Do you think it´s a little different now? Out here?
I don’t know if it’s different or if it’s always been this way.
Maybe I was rougher and just like these boys, and I just don’t remember it.
Billy: Well, that’s the age-old question, ain’t it, friend? That’s the question.
Train Dreams (Film)
Estructura, como conjuntos de reglas y de recursos organizados de manera recursiva, está fuera del tiempo y del espacio, salvo en sus actualizaciones y en su coordinación como huellas mnémicas, y se caracteriza por una «ausencia del sujeto». Los sistemas sociales en los que está recursivamente implícita una estructura, por el contrario, incluyen las actividades situadas de agentes humanos, reproducidas por un tiempo y un espacio. Analizar la estructuración de sistemas sociales significa estudiar los modos en que esos sistemas, fundados en las actividades inteligentes de actores situados que aplican reglas y recursos en la diversidad de contextos de acción, son producidos y reproducidos en una interacción. Crucial para la idea de estructuración es el teorema de la dualidad de estructura, implicado lógicamente en los argumentos expuestos antes. La constitución de agentes y la de estructuras no son dos conjuntos de fenómenos dados independientemente, no forman un dualismo sino que representan una dualidad. Con arreglo a la noción de la dualidad de estructura, las propiedades estructurales de sistemas sociales son tanto un medio como un resultado de las prácticas que ellas organizan de manera recursiva. Estructura no es «externa» a los individuos: en tanto huellas mnémicas, y en tanto ejemplificada en prácticas sociales, es en cierto aspecto más «interna» que exterior, en un sentido durkheimiano, a las actividades de ellos. Estructura no se debe asimilar a constreñimiento sino que es a la vez constrictiva y habilitante.
Anthony Giddes
La constitución de la sociedad
En un trabajo publicado en el año 2009 analicé la cultura política venezolana a partir de la participación electoral, en la búsqueda de claves explicativas de los profundos cambios en el comportamiento político que experimentaba el país en ese momento. En específico, me sorprendía la transformación de los patrones que se consideraban firmemente consolidados. Me preguntaba cómo los ciudadanos habían abandonado tan abruptamente su cultura y tradiciones democráticas para apoyar masivamente un proceso de autocratización a través del voto, a partir del año 1998.
Entre los múltiples hallazgos de esa investigación, uno de los más sorprendentes e inesperados fue encontrar las grandes diferencias en la cultura de la participación política entre los diferentes grupos de edades.
Aunque algunas cosas ya habían sido descubiertas no dejaban de sorprender. Así, por ejemplo, que al inicio de la Revolucion el grupo de los adultos jóvenes de entre 25 y 40 años había votado al chavismo en mayor proporción que cualquier otro grupo de edad en las presidenciales de 1998, no dejaba de ser irónico, que siendo ellos los hijos primogénitos de la democracia, lideraran el voto chavista (ver gráfico 1).
También sabíamos, que los más jóvenes de entre 18 y 25 años fueron quienes al inicio del chavismo más votaron a los partidos opositores, y que, a pesar de los enormes esfuerzos y estrategias, el chavismo nunca logró aumentar el apoyo de los jóvenes. Eso explica en parte, por qué el chavismo se decantó posteriormente por la obstaculización de la inscripción de nuevos votantes, especialmente en centros de alta concentración de jóvenes como las universidades. En ese sentido, a pesar de la altísima popularidad de la que gozó el chavismo durante los primeros años, siempre se autopercibió como un movimiento con más pasado que futuro electoral, destinado a depender del ventajismo y la manipulación electoral.
Igualmente sabíamos desde muy temprano que el grupo de los adultos entre 41 y 60 años, los nacidos justo antes del inicio de la democracia, en la década de los 50´s y finales de los 40´s, fueron quienes más se abstuvieron en esos primeros años del chavismo.
Sin embargo, lo que más sorprendió, al ser totalmente inesperado, es que el grupo de mayor edad, es decir, los mayores de 60 años presentaban las tasas más bajas de abstención.
Gráfico 1. Voto y abstención según grupos de edad, 1998
Fuente: Latinobarómetro 1998. Cálculos propios.
Al indagar más profundamente la relación entre la edad y la participación electoral, encontré que la misma era muy sólida durante los primeros 30 años de democracia y que comenzó a desvanecerse progresivamente hasta invertirse con el ascenso del chavismo. Aunque, algo perduró casi inmutable.
Las primeras conclusiones eran muy claras: cada grupo de edad consiguió una forma particular de protestar electoralmente su insatisfacción contra la democracia y en general, con el destino del país.
La fórmula era casi matemática: tanto más profunda la desesperanza, tanto más severa el mecanismo de protesta. Así los más desesperanzados elegían el castigo más severo, y nadie representaba la crítica contra los cuarenta años de democracia venezolana (1958-1998) como el chavismo. Para ellos, votar al chavismo era la opción más clara.
Por su parte, quienes se encontraban medianamente decepcionados preferían protestar a través de medios menos severos. Para este grupo, la abstención representaba exactamente eso: una alternativa intermedia, ni muy dura ni muy leve, que les permitía levantar su voz y expresar su insatisfacción.
Así, es claro que el grupo poblacional de entre 26 y 40 años de edad (en 1998) fue el más decepcionado, al ser el que sufrió más directamente la decadencia democrática. Ellos habían crecido escuchando las historias de las glorias de la democracia. Sin embargo, la suya era una experiencia totalmente distinta. El sistema político en el que vivían no les ofrecía ni oportunidades ni esperanza. También fue el grupo poblacional que menos escuchó sobre la dictadura perezjimenista, pues cuando se convirtieron en actores electorales plenos* (a partir del año 1974 en adelante), la democracia se encontraba plenamente consolidada. Para ellos, la democracia se transformó progresivamente una herencia depreciada por la creciente inflación política, o como apunta la tesis del postmaterialismo de Inglehart (1997) “las generaciones que nacieron bajo el sistema democrático, al darlo por sentado, no ven la necesidad de defenderlo y buscan otras formas de participación que expresen sus orientaciones y preferencias valorativas” (ver: Briceño, 2009b).
Igualmente claro era que el grupo poblacional siguiente (entre 41 y 60 años) se encontraba dividido. Parte de ellos guardaban recuerdos de la era autoritaria perezjimenista, o al menos de la participación en tertulias y sobremesas familiares en las que se recordaban historias. Adicionalmente, fueron testigos, no solo de la decadencia de la democracia, sino también de su temprano esplendor, el cual disfrutaron directamente. No parece descabellado entonces que sea este el grupo poblacional que presentara mayores tasas de abstención.
Pero entonces ¿por qué no se repetía este comportamiento en el grupo etario siguiente? Más aún, ¿por qué los adultos mayores de 60 años presentaban las mayores tasas de participación electoral? ¿No habían sido ellos los principales testigos presenciales del nacimiento, esplendor y colapso de la democracia, y, por tanto, quienes podían realizar un mejor balance entre la democracia y el autoritarismo?
Protagonistas de la transición
Al profundizar el análisis de este grupo poblacional encontré uno de los hallazgos más interesantes: la transición a la democracia había dejado huellas casi inmutables en los valores políticos de este grupo de poblacional. Esas huellas se asentaron y transmitieron de forma distintas, mientras eran interpretadas y reinterpretadas por las siguientes generaciones, a la luz de los distintos acontecimientos históricos. Pero en el grupo poblacional protagonista de la transición, aquellos que votaron en la primera elección democrática el domingo 07 de diciembre de 1958, la huella se asentó como un pilar central de la cultura política.
Nacidos en 1940 o antes, esta generación experimentó tanto la dictadura de Pérez Jiménez como la democracia, pero su rol principal tuvo lugar durante el período de la transición y consolidación. La democracia para todas estas generaciones no fue una herencia. Tampoco un milagro, o la perfección de la temporalidad divina, o la fuerza. Fue el resultado de las acciones de su generación. De sus elecciones.
Las elecciones presidenciales de 1958 sentaron un precedente que ha sido defendido desde entonces por sus protagonistas.
Los datos que analicé confirmaron progresivamente la hipótesis, por lo que concluí entonces que “las generaciones que formaron parte del proceso de democratización del sistema político venezolano, y por ende participaron en las primeras elecciones (año 1958), presentan mayores niveles de concurrencia electoral que el resto de los grupos etarios” (Briceño, 2009).
Tal como muestra la tabla 1, la generación de los nacidos antes de 1940, y, por ende, potenciales participantes de las elecciones del 58, muestran sistemáticamente mayores tasas de participación electoral, sin importar el tipo de elección de referencia, es decir, tanto en referéndums (2007), parlamentarias (2005) o presidenciales (resto de los años), ni el contexto político: consolidación, decadencia democrática o regresión autoritaria.
Tabla 1. Participación en elecciones
Generación del 58 | 1973 | 1993 | 1996 | 1998 | 2000 | 2003 | 2005 | 2007 |
Si (nacidos en 1940 o -) | 93,3 | 78,0 | 74,0 | 89,5 | 71,0 | 63,0 | 65,0 | 93,0 |
No (nacidos en 1941 o +) | 91,0 | 76,3 | 68,3 | 87,3 | 76,8 | 62,2 | 63,8 | 85,6 |
Differencia | 2,3 | 1,8 | 5,8 | 2,3 | -5,8 | 0,8 | 1,2 | 7,4 |
Fuente: Baloyra y Martz, 1973; Datos 1993, Latinobarómetro 1996-2007. Cálculos propios.
Las huellas de la transición
Las transiciones democráticas son fenómenos políticos extraordinarios que generan consecuencias duraderas. Una de sus manifestaciones más claras en la cultura política queda representada en la participación y abstención electoral de los distintos grupos de edades, durante el período chavista autoritario a partir del año 1998.
Pero la segunda transición venezolana a la democracia en el año 1958 generó múltiples clivajes que condicionaron la experiencias y prácticas políticas, no solo de la generación protagonista, sino también de las siguientes generaciones.
Incluso podría decirse que, al igual que la primera transición venezolana a la democracia en el año 1945 fue una referencia omnipresente durante la segunda transición; la transición, consolidación, decadencia y colapso democrático (el período 1958-1998) son una referencia colectiva actual, que orienta la reflexión y prácticas política de los venezolanos.
Pero más importante aún, es que una eventual tercera transición dejará también sus propias huellas indelebles en la cultura, instituciones, ideologías, actores, y en general, el sistema político democrático y sus posibles horizontes futuros.
El presente artículo es el segundo de la serie Transiciones. Para ver otros artículos de la serie, visitar la pestaña Transiciones.
Referencias
§ Baloyra, E. y J. Martz (1973). Encuesta nacional. Caracas.
§ Briceño, Héctor (2009a) La participación electoral en la cultura del venezolano, Tesis de Maestría, Caracas, Universidad Simón Bolívar.
§ Briceño, Héctor (2009b) Participación electoral y cultura política en Venezuela 1958-2007, en Cuadernos del Cendes, v.26 n.72 Caracas dic. 2009
§ Giddens, Anthony (2011) La constitución de la sociedad: bases para la teoría de la estructuración, Buenos Aires, Amorrortu.
§ Inglehart, Ronald (1997) Modernización y posmodernización: El cambio cultural, económico y político en 43 sociedades, Madrid, CIS.
§ Smith, Peter (2005) Democracy In Latin America: Political Change In Comparative Perspective, Oxford University Press.
* Luego de cumplir la mayoría de edad.
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